Lunes 23 de enero\r\n\r\nEn las salas de espera, se escuchan las respiraciones de todos los reunidos.\r\n\r\n \r\n\r\nPor la tarde, subo a la cubierta del edificio con el arquitecto. Hay goteras. Temo al viento; aquí no hay ningún tipo de barandilla. Me empiezan a sudar las manos, se me acelera la respiración y no puedo incorporarme, pero me quedo aquí porque la vista es insuperable. No hay más obstáculo que mi propio miedo.\r\n\r\n \r\n\r\nMartes 24 de enero\r\n\r\nEl despacho vuelve a ser despacho. Muevo los armarios hasta encontrar una organización más desahogada y menos angosta. Somos demasiadas trabajando allí. Salgo cansada. Cuando me recorre el latigazo de energía, no soy consciente de que el cuerpo tiene sus resistencias y no conviene sobrepasarlas.\r\n\r\n \r\n\r\nMiércoles 25 de enero\r\n\r\nLa comunicación no siempre es tan fácil como nos gustaría. Siento que, aunque consigo decir con más o menos acierto lo que pretendía, mis ideas no son bien acogidas porque de alguna manera nos cuestionan a todos. Llego a casa agotada, otra vez.\r\n\r\n \r\n\r\nJueves 26 de enero\r\n\r\nUn alumno le ha pedido a una compañera un libro sobre símbolos masónicos; ella le ha llevado el Diccionario de iconografía y simbología, de Federico Revilla, publicado en Cátedra. Mientras los alumnos ven la película Troya en Cultura Clásica, yo me entretengo leyendo sobre esos mismos personajes en el diccionario, saltando de una voz a otra, sin pretender llegar a nada, sólo dejándome disfrutar por el movimiento de las ideas. Necesito esta pequeña pausa, el refugio de la abstracción simbólica bajo la que nos encontramos.\r\n\r\n \r\n\r\nViernes 27 de enero\r\n\r\nLa semana termina resolviéndose: varios asuntos del centro se concretan, consigo decir con acierto y me sereno.\r\n\r\n \r\n\r\nDespués quedo con R. y R. para comer y charlar. No sé bien de que hablamos, pero tampoco importa. Me quedo con que siempre nos tenemos, y nos tenemos bien. Terminamos tomándonos un té cerca de casa una vez que R. ha recogido a su hija de la guardería. ¡Qué vitalidad tiene la niña! ¡Qué novedad el mundo a través de sus ojos!\r\n\r\n \r\n\r\nSábado 28 de enero\r\n\r\nVamos a probar un local nuevo del que he leído en el blog de mi amigo A., un experto en vinos. Se trata de La máquina de escribir, una pequeña y cuidada taberna que está en Benalúa. Estamos tan a gusto que terminamos comiendo. Por un momento parece que no estemos en Alicante. ¿Dónde estamos? No sabemos contestar, pero no podemos estar mejor.\r\n\r\n \r\n\r\nLa siesta nos atrapa después de ver un capítulo de The Crown. Nos enganchamos a esta serie, que trata sobre la reina Isabel II, hace unas semanas y no es para menos.\r\n\r\n \r\n\r\nHacemos cena en casa; vienen R., y M. con sus hijos, que pronto se quedan dormidos en el sofá. Son preciosos. Triunfa mi crema de calabaza al curry. Como cocino a ojo, espero acordarme para repetirla en otra ocasión. Y otra vez, como ayer, triunfa la conversación tranquila y la buena compañía.\r\n\r\n \r\n\r\nDomingo 29 de enero\r\n\r\nVamos dando un paseo hasta el restaurante; en todas las tierras de nadie por las que pasamos, han crecido flores. Le hacemos un ramillete a papá con dientes de león, margaritas, y unas flores chiquitas y blancas.\r\n\r\n \r\n\r\nHoy celebramos a papá y comemos un arroz a banda inmejorable. A medida que ha cumplido años, se ha serenado y se ha hinchado de ternura. Hay veces que se me antoja un niño, cuando lo encuentro ensimismado y colmado bien contando alguna anécdota que le ha sucedido, bien entregado a cualquier actividad que se proponga. Me gusta verlo así.\r\n\r\n \r\n\r\nEs un domingo perfecto. No quiero que se acabe.

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