Se ha abusado mucho del personaje del villano, como chivo expiatorio de nuestro maniqueísmo, de la simplicidad conspiranoica encerrada en la dualidad bien-mal a la que reducimos todo conflicto. Pero un día el villano se rebela a la inercia impuesta y nos descubre. Se dirige a su víctima, a esa figura de condición pasiva en la que ancestralmente nos sentimos a salvo de toda culpa, y le dice que se ha dado cuenta de que lo ha estado usando para ser castigada. Y que ya le vale, que pasa de su juego. La historia da entonces un giro inesperado y conmina al espectador, tan protegido siempre bajo la impecabilidad del héroe en el que se identifica, a tomar parte de la historia y cuestionarse.\r\n\r\nLa idea no es nueva, aparecía en la celebérrima película de Orson Wells El proceso (1962) basada en la novela homónima de Franz Kafka, pero sí es nueva la gran atención que recibe en el cine actual y la forma en que se trata. La culpa impide avanzar a Dom Cobb en Inception (2010) y a tantos otros protagonistas de los filmes de Christopher Nolan, un adepto al tema; es el gran villano de la trágica vida de Tomas en Todo saldrá bien (Win Wenders, 2015), y sus estragos rezuman de la cartelera actual: por culpa de la culpa, un chaval olvida por completo quien fue el verdadero responsable de su dolor y una madre maltratada pierde a su hijo durante años en La próxima piel (Isaki Lacuesta, 2016); por culpa de la culpa un héroe como el de Captain Fantastic (Matt Ross, 2016) resulta un ridículo tarado vestido de rojo y es capaz de renunciar a lo que más quiere; y por culpa de la culpa se teje la historia entera de Un monstruo viene a verme (Juan Antonio Bayona, 2016), una de las mejores producciones de los últimos años.\r\n

Aunque solo sea un niño que no sabe encajar su duelo, Connor se culpa y, al hacerlo, se expone a que alguien le castigue.

\r\nNo resulta nada fácil tratar el tema de la culpa como origen de la villanía y menos si va asociada al sangrante tema del acoso escolar. Quizá por eso el guión de la última película de Bayona se mantuvo largo tiempo en la “Black list” sin encontrar nadie que se arriesgara a producirla. Pero no es que el personaje del villano haya dejado de aparecer claramente visible, detectable, personificable, sino que a la vez, desvela que éste es alimentado por otra maldad mucho más silenciosa en la que el héroe participa sin saberlo. Lo encontramos imbricado en la voz pasiva, no en aquel que no asume su responsabilidad –el abusón de turno–, sino en el mal que toma forma cuando uno asume lo que no le compete. Y no es que el cine se haya hecho más enrevesado, sino que cada vez identifica mejor esa manera enrevesada en que nos hacemos daño o en que permitimos que otros nos hagan daño.\r\n\r\n \r\n\r\n 

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