\r\n\r\nLunes 28 de noviembre\r\n\r\nEn la tarde de hoy empiezo a estar mal. No me llego a aclarar con el termómetro eléctrico y echo de menos aquel de mercurio que era tan sencillo.\r\n\r\nEl cuerpo habla lo que nosotros no queremos decir. A la tensión, le sigue la enfermedad. Me acuesto dolorida e intento resistir.\r\n\r\n \r\n\r\nMartes 29 de noviembre\r\n\r\nPaso la noche tosiendo y con temblores, y me despierto demasiado débil como para poder ir al instituto. Paso muchas horas tumbada, o al menos, a mí me parecen demasiadas. Siento que estoy perdiendo el tiempo, siento que estoy perdiendo algo. No me resigno a encontrarme mal pero mi cuerpo, más sabio que yo, me obliga a dormir.\r\n\r\n \r\n\r\nMiércoles 30 de noviembre\r\n\r\nAunque sigo congestionada y con tos, el dolor de cuerpo ha menguado lo suficiente como para poder ir a trabajar. Predomina el trabajo burocrático, pero me alegro de ir tachando tareas de la lista.\r\n\r\n \r\n\r\nA medida que avanza el día, la voz se me va quebrando.\r\n\r\n \r\n\r\nPaso la tarde en casa, abrigada para evitar volver a ponerme mal. Recupero el poemario en el que estoy trabajando y corrijo. Cuento versos, retiro poemas, cambio otros tanto, reorganizo por completo el orden del poemario. Después de varias horas de trabajo intenso, cierro la carpeta. Como dice B. citando a Valery, “un poema no se termina, se abandona”.\r\n\r\n \r\n\r\nJueves 1 de diciembre\r\n\r\nLa voz me ha desaparecido. Cada vez que intento hablar, parece que suene un rastrillo por la arena; algo es cepillado, o arrastrado, o no sé bien qué. Por fin, en la tarde, me decido ir al médico.\r\n\r\n \r\n\r\nViernes 2 de diciembre\r\n\r\nCasi no puedo hablar, pero hoy tengo pocas clases y mucho trabajo de oficina. Hasta que no cierro con la parte más importante, no me voy del centro. No tengo prisa y me gusta trabajar en la calma de la soledad. Cuando salgo, me quedo un rato parada en esta tierra de nadie para mirar las nubes de otoño. Huele a tierra mojada y a principio.\r\n\r\n \r\n\r\nLa tarde en casa es la mejor de las curas. Leo, duermo, no hago nada más.\r\n\r\n \r\n\r\nSábado 3 de diciembre\r\n\r\nVuelve de nuevo el ciclo “Poetas en cercanías”, en esta ocasión, en el October Press. Recitan tres poetas de trayectorias distintas: Ramón Andreu, Idoia Arbillaga y Antonio Rodríguez. Durante casi una hora todo el público escucha y atiende al recitado. Es un momento de felicidad. Aunque sus obras son diversas, tanto en los temas como en el tratamiento de los mismos, no hay disonancias graves, se complementan bien. Después, los amigos, la celebración de la poesía, y sobre todo, la alegría de haber recuperado este ciclo poético, necesario para nuestra ciudad, gracias a la Asociación Letras de Contestania.\r\n\r\n \r\n\r\nDomingo 4 de diciembre\r\n\r\nLas mañanas del domingo a su lado son la felicidad. Desayunar con calma, leer con la luz azul de la lluvia, comenzar a poco a poco a transitar el día. Comemos un arroz delicioso en compañía de buenas amigas y nos vamos sabiendo que podríamos estar allí cinco horas más.\r\n\r\n \r\n\r\nDebemos irnos porque tenemos una cita en el Teatro Arniches con Daniel Hernández, de la compañía Spin Off Danza, y Mario G. Sáez, de Erre que Erre, para ver su pieza Aguanta. La danza contemporánea es capaz de plantear cuestiones de relevancia filosófica desde un planteamiento físico y escénico, o cuanto menos, plantear una indagación, una exploración que no se queda en el cuerpo, sino que va de la idea al cuerpo y viceversa. Por eso, entre otras cosas, me fascina esta disciplina y por eso creo necesaria reivindicarla.\r\n\r\n \r\n\r\nSalgo del teatro pensando en cómo resisto, en qué o en quién me apoyo cuando todo parece tambalearse.

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