El otro día tuve la oportunidad de charlar con un grupo de ciclistas de Alicante por motivos de trabajo. Ser ciclista en Alicante no es sólo una manera de entender la movilidad por nuestra ciudad: es una militancia, una reivindicación constante y una fuente de disgustos. “¿Por qué, entonces, decidís ir en bici?” les pregunté, intentando encontrar alguna lógica. Sus motivos son claros: comodidad, salud, algo de ecología…En cualquier caso, razones que se imponen a las dificultades con las que lidian a diario cada vez que se trasladan en bicicleta por nuestras calles.\r\n\r\nMe di cuenta de que ir en bicicleta no es parte de la filosofía de “vida sana” que últimamente impregna todos los ámbitos de nuestra sociedad. La mayoría de ellos no son recién llegados. No llevan el ecologismo por bandera, aunque reconocen que la contaminación de los vehículos a motor alcanza cifras alarmantes. Usan la bicicleta porque les hace sentirse libres, notar el aire en la cara, ir por calles donde no pueden pasar ni coches ni autobuses y de paso mantener a tono su salud. Todo esto está muy bien, me dije. Yo, que soy conductora habitual de automóvil y odio sudar. “Al final el cuerpo se te acostumbra y ni siquiera sudas demasiado”, me dicen los ciclistas. Les creo a regañadientes y me vuelvo a casa –en mi coche-, pensando en que la moda va más allá de compartir en las redes sociales que te mueves en bici y se parece más al activismo. Que estos ciclistas, los de nuestra ciudad, tienen quejas y tienen motivos para la lucha. Ningún sistema de alquiler de bicicletas, carriles bici que se acaban en mitad de una avenida, conductores irrespetuosos…La lista de cosas a mejorar es larga y no parece que las soluciones lleguen a término. Buenas intenciones sí, muchas y desde muchos ámbitos de la administración pública. Pero poner el pie en la calle es otra cosa.\r\n

Así que decidí dejar de teorizar y pasar a la acción. Quería saber de primera mano lo que sentía un ciclista al recorrer las calles de Alicante un día cualquiera.

\r\nDesempolvé la bicicleta que me compré en mi última crisis de los 30 dispuesta a ir al trabajo sobre dos ruedas. Sabía que ir en bici por la ciudad es un deporte de riesgo, aunque jamás lo había hecho, al ser conductora había tenido mis más y mis menos con algún ciclista temerario (¿o la temeraria era yo?). Me santigüé y bajé a la calle cargada con mi caballo del siglo XXI.\r\n\r\nPrimer problema: no tengo casco. Bien es cierto que el casco no es de uso obligatorio, al menos siendo mayor de edad y para circular por la ciudad. Todavía existe una polémica en torno a la obligatoriedad del casco, aunque la mayoría de asociaciones de ciclistas lo tienen claro: no debe ser obligatorio. ¿Se puede luchar por la equiparación de la bicicleta al resto de vehículos sin querer ceñirse a las normas de seguridad que sí son obligatorias para estos? Es discutible. Quizá la comparación más cercana sea el caso de las motos. Aunque también es cierto que la velocidad que alcanzan las bicicletas es muy inferior a la del resto de vehículos a motor. Decidido: no me pongo casco. No es obligatorio y además no quiero despeinarme.\r\n\r\nSegundo problema y todavía no me he puesto a pedalear: en mi calle no hay carril bici. El eterno dilema: ¿voy por la acera como cualquier peatón o voy por la calzada como un vehículo más? La norma lo dice claro: en ausencia de carril propio las bicicletas han de circular por la calzada. Ahora bien, una cosa es la norma y otra mi sentido de la supervivencia. Qué prefiero, ¿chocarme ligeramente contra un peatón o que me atropelle un vehículo? Opto por la acera. Cuando llevo un rato circulando sorteando a niños, señoras, ancianos, perros…¡por fin! El ansiado carril bici. Un oasis en medio del desierto. Entro en él y en mi cabeza suenan coros angelicales. Cuando llevo pedaleando 10 minutos la tragedia se cierne sobre mi idílico paseo –lo de sentir el aire en la cara es cierto-, un peatón ha invadido el carril bici, seguramente sin reparar en ello. Toco el timbre pero también le grito educadamente, por si acaso. Él se aparta de inmediato. Bien, obstáculo resuelto sin víctimas. Vuelvo a relajarme. Me siento un personaje de “Verano azul”, aunque ya crecidito. Me está gustando esto de ir en bici cuando de repente…¿qué es eso que veo a lo lejos? ¿Es el carril bici ACABÁNDOSE? Siento que me acerco a un precipicio porque efectivamente: el carril bici se acaba a mitad de trayecto. Y esta vez no hay acera, me toca lanzarme a la jungla de asfalto. Coches, autobuses, motos…todos me rodean y son más fuertes que yo. Como abusones de colegio. Me limito a ir lo más pegada a la acera que puedo, en gran parte por miedo aunque también por…mucho miedo. Miedo a que me arrollen de un momento a otro. Respeto los semáforos, las prioridades, las distancias de seguridad… pero siempre sientes que molestas. Siempre hay alguien que te grita desde una ventanilla o le da al claxon. Por primera vez, estoy deseando llegar al trabajo (si mi jefe está leyendo esto: es broma). Llego exhausta aunque feliz de conservar la vida. He sudado, aunque he de reconocer que más por la tensión que del propio ejercicio. “Alicante es una ciudad en cuesta, por su orografía, no es fácil ir en bicicleta”, argumentan los que se niegan a usarla. Y tienen razón, aunque precisamente por eso hay trayectos en los que basta con dejarte caer, sin apenas pedalear, para llegar a tu destino. Aunque eso lo comprobaré cuando vuelva a casa. De momento no puedo hacer más que sumarme a las reivindicaciones de los ciclistas. No sé si me aficionaré a coger la bici a diario, todavía le tengo aprecio a mi integridad física. Lo que tengo claro es que en Alicante ir en bici es de valientes. Que debemos trabajar el civismo y el respeto a los vehículos más vulnerables, crear las infraestructuras correctas, poner en marcha un sistema de alquiler funcional (no chapuzas temporales) y sobre todo… si vais a circular en bici, invertid en un buen sillín, que a mí todavía me cuesta sentarme.\r\n\r\n \r\n\r\n


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