Vivimos una época maravillosa en la que los niños salen a la calle a cazar bichos virtuales con el móvil. La corrección política –en todo menos en política- se esgrime cual florete para rasgar las camisas y las puntas de las lenguas afiladas que se atreven, en sonado despropósito, a cruzar alguna de esas líneas que separan las cosas de jugar de las que son palomita y están exentas. Una época poblada de eruditos bien pensantes que adoran las etiquetas. Las clases. Las cosas ordenadas. Los matemáticos que hacen matemáticas y los camareros que sirven copas. Eh, y lleva cuidado de atreverte siquiera a intentar ser bueno en algo para lo que no tienes el carnet apropiado.\r\n\r\nY resulta que en este maravilloso escenario moderno, a un grupo de iluminados se le ocurre, nada más y nada menos, que proponer a Bob Dylan como premio Nobel de literatura. Y el cabrón de Dylan va y gana.\r\n\r\nLa Academia sueca no tiene ni idea de la que acaba de liar con este premio. Ya me veo a miles, que digo miles, millones de jóvenes revolucionados hormonalmente con sus greñas desaliñadas y sus camisetas raídas de los Rolling diciendo a sus padres aquello de “quiero ser músico”. Y claro, menuda papeleta ahora la que tienen esos padres tan formalmente preocupados por el futuro laboral de sus vástagos con la movida del tito Dylan. A ver con qué cara le dicen ahora a sus retoños que no se comerán un colín con la música, que eso es de drogatas y perroflautas, que estudien una carrera o que hagan otra cosa más productiva para llegar a algo en la vida.\r\n\r\nDa igual que el señor Zimmerman haya escrito libros, que haya pintado cuadros, que tenga más de 40 discos publicados, que haya sido uno de los artistas más influyentes pisando dos siglos, haya reinventado la música demostrando una maestría incomparable, haya sido inspiración artística transversal y transcultural para varias generaciones, haya ganado el premio Pulitzer o el Príncipe de Asturias entre muchos otros, que su tema “Like a Rolling Stone” haya sido considerado la mejor canción de todos los tiempos, y un largo etcétera. Da igual todo esto porque Bob Dylan no es escritor, no fuma en pipa ni lleva coderas en las americanas. No, escribir canciones no cuenta.\r\n\r\nEn el poco tiempo transcurrido desde el anuncio del Nobel y la redacción de este artículo, me he cruzado con cientos de comentarios y varios artículos que se sorprendían por la asignación de este premio. A algunos incluso se les indigestaba el sashimi mientras sorbían un macchiato en el Starbucks y leían en su iPad que no había ganado Murakami. Porque claro, hay muchos otros escritores de los de verdad que se merecían ese premio.\r\n\r\nEste galardón es mucho más de lo que parece. No solo se ha premiado la innegable trayectoria artística y literaria de Bob Dylan, la influencia de sus letras en las vidas y obras de millones de personas desde hace más de 50 años. Además de todo esto, se ha premiado a la música como vehículo de expresión literaria. Se ha reconocido por fin que la música es mucho más que cuatro acordes bien puestos y un estribillo pegadizo. Ahora, cuando más falta hacía, se ha premiado la elaboración lírica en la música popular. Porque las canciones de Dylan son poemas que suenan, son protesta política y social, son ensayos filosóficos, son novelas cantadas.\r\n\r\nEnhorabuena a la Academia por lo que nos ha dado a los amantes de la música y a Bob por el merecido premio. Parafraseando al premiado, poneos el disco de Highway 61 Revisited y escuchad los pensamientos de Dylan. Veréis como se para el tiempo.

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