\r\n\r\nLunes 21 de noviembre\r\n\r\nVoy a la dermatóloga para que me quite un lunar que he tenido en el ombligo desde que nací. Mi madre me cuenta que, cuando yo era bebé, ella intentaba limpiarme esa manchita porque aún no sabía que era un pequeño lunar. El susodicho fue creciendo con el tiempo y dejó de ser pequeño para convertirse en algo desagradable y entrañable. Se parecía un poco a un gusano de una castaña picada. Después de cortármelo, la dermatóloga cauteriza la herida. Ojalá fuese tan fácil siempre: cortar y cauterizar, para que sane.\r\n\r\n \r\n\r\nEn casa, por la noche, me quedo enganchada viendo un documental sobre la homofobia en Rusia. Me siento impotente y triste. No entiendo la razón del odio que muchos de los entrevistados manifiesta. No entiendo qué amenaza ven en las personas LGTB.\r\n\r\n \r\n\r\nMartes 22 de noviembre\r\n\r\nMe gustaría estar en otro lugar; pero estoy aquí.\r\n\r\nMe quedo en la escritura; la palabra nos acerca.\r\n\r\n \r\n\r\nMiércoles 23 de noviembre\r\n\r\nTodo el mundo habla de la muerte de Rita Barberá. A mí me da la sensación, cuando miro hacia ese espacio público y altisonante de la política, que hay demasiada información que se me escapa, que se nos escapa. Quizá deba ser así, sin embargo, cualquier opinión que se dé, corre el riesgo de quedarse coja. Sea como sea, no hay nada como la muerte para santificar.\r\n\r\n \r\n\r\nJueves 24 de noviembre\r\n\r\nPreparo el recital de mañana. Desde Novelda nos han invitado a Carmen Juan y a mí, a participar en una lectura que se celebra por el día contra la violencia de género. Abro el cajón de los poemas. Me cuesta esta tarea, quizá hasta me asuste. Sonrío al ver los pliegues de hojas de cada uno de los recitales que he venido haciendo sola y acompañada. No entiendo la letras de algunas hojas manuscritas arrancadas de libretas. Ojeo los poemarios abandonados.\r\n\r\n \r\n\r\nDespués de media tarde, he logrado seleccionar cuatro poemas inéditos y otros cuatro del libro El animal y la urbe. No recitaré tanto, sólo serán diez minutos, pero quiero dejarme algo de margen para cuando esté allí.\r\n\r\n \r\n\r\nViernes 25 de noviembre\r\n\r\nUna mañana de decepción y dolor en el trabajo.\r\n\r\n \r\n\r\nPor suerte, en la tarde, recojo a Carmen y a Sara para ir a Novelda, y eso ya es un alivio. Aunque se nos hace un poco tarde, llegamos bien. Es la primera vez que recitamos juntas; lo disfruto y olvido la mañana.\r\n\r\n \r\n\r\nEl recital se celebra en La Casa Modernista. Un lugar precioso y detenido: si cierro los ojos, me parece escuchar el silencio de entonces, la lentitud perdida.\r\n\r\n \r\n\r\nSábado 26 de noviembre\r\n\r\nA veces cuando estoy triste, hago limpieza. En el acto de tirar y desquitarme de aquello que sobra (o de una parte, al menos), encuentro una liberación que me calma y reconcilia.\r\n\r\n \r\n\r\nPor la tarde, voy a Murcia, al Centro Párraga, para ver la obra Escenas para una conversación después del visionado de una película de Michael Haneke de la compañía El Conde de Torrefiel. No podía imaginar que me fuese a gustar tanto. A través de breves historias que se van entrecruzando, la pieza critica el lado oculto, viciado, de la cotidianeidad, desde un sentido del humor ácido y cínico.\r\n\r\n \r\n\r\nMe sorprende la originalidad de la propuesta: un teatro físico que llega a lo caricaturesco y a lo deforme; una escenografía casi inexistente: luz, música y unos pocos objetos que sacan los propios actores durante la representación (una pequeña planta, un neón, una cabeza de ciervo); un texto lúcido que, desde la risa, apunta y señala nuestras miserias habituales.\r\n\r\n \r\n\r\nMe río, nos reímos muchísimo. De ellos, de nosotros mismos. Me parece que también deben reírse los actores, y Pablo Gisbert, el autor del texto. Pienso en Valle y en el esperpento, que quizá también ría. La risa como escudo, la risa como disparo.\r\n\r\n \r\n\r\nDomingo 27 de noviembre\r\n\r\nEn el coche, de camino, inventamos: hay una nube grandiosa enredada en una cumbre y eso pueden ser muchas historias.

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