La poeta alicantina Olivia Martínez Giménez de León (tomen aire) publica su primer libro “El animal y la urbe”, un álbum de fotos familiar donde la nostalgia de la infancia se entrelaza con el presente de una autora extraña de sí misma y, por tanto, en constante exploración.

\r\nOlivia Martínez Giménez de León no es ninguna recién llegada, aunque “El animal y la urbe” (Colección Torremozas, 2016) sea su primer poemario publicado. Sospecho que en la danza encontró una forma de hacer poesía –esta vez con el cuerpo-, aunque poco a poco la palabra fue necesaria: Sin, palabra, sin palabra / no sé decir mi miedo. Sin abandonar la expresión corporal, Olivia es una poeta prudente. Ha necesitado vivir y escribir mucho para lanzarse a poner bajo el ojo público su intimidad, y como resultado tenemos este libro que ya empieza advirtiendo: Me lo dijo hace diez años / la que soy yo / que ya no soy yo.\r\nPodemos encontrar en “El animal y la urbe” una colección de momentos que han marcado la vida de la autora. Momentos pequeños aunque contundentes. “Son los pequeños detalles los que hacen la vida”, decía Hank Scorpio (Los Simpson) y Olivia ha recopilado una buena muestra de estos: situaciones familiares en la mayoría de los casos, donde la vida aparece de una manera tan clara que sólo podemos apreciar en su totalidad con el paso del tiempo.\r\n\r\nDe las dos partes en las que se divide el libro, “La urbe” (a la que llamaremos infancia) nos dibuja una vida familiar cargada de cariño y amor hacia los progenitores y la hermana. Lejos de la poesía habitual, donde la madre o el padre suelen ser un elemento perturbador –ya sea para bien o para mal-, Olivia nos reconcilia con nuestra propia infancia a través de sus experiencias. De vez en cuando, es esperanzador encontrarte con una poesía que no busca exorcizarse. “Mamá es el lugar donde volver”, “Por eso le decía te quiero a mi abuelo / con sus boles de fruta / por la mañana / y por la noche.” –hablando de su abuela- incluso el poema “Plátano”, donde una broma familiar define la admiración al padre, o “Mi cómplice es”, un auténtico homenaje a su hermana.\r\n\r\nel-animal-y-la-urbeAunque, como buena poeta, también esconde oscuridad. Nunca pensé que un hervido pudiera inspirar un poema tan lánguido como el que aparece aquí. O una inocente sobremesa de agosto hablando del vermut. Olivia también reflexiona sobre la mujer en la que se ha convertido y sobre el miedo a definirse: Hay algo terrible en mí / y que sin embargo me alimenta. Sentencia en su último poema.\r\n\r\nLa segunda parte, “El animal”, ya sienta sus bases con el poema “Civilización y barbarie”: Mis palabras que vienen del limbo de la carne / de la primera célula de una cadena inagotable / del líquido amniótico, las palabras / ay.\r\n\r\nAy. También nuestra parte animal es un romanticismo de la civilización. Y Olivia conjuga de forma sutil e inteligente esta dualidad: Dame un plato de comida / seré educada / pensarás que has logrado someterme / eso creerás / y luego caerá la noche. Tampoco olvida la climatología, como buena alicantina: En Alicante no sabemos llover. / Se nos atasca todo:\r\n\r\nPese a los necesarios momentos oscuros, primitivos o existencialistas, late en la poesía de Olivia un pulso tranquilo que nos remite, nuevamente, a la danza del principio. Una armonía exacta y blanda, aunque precisa, que recuerda a esas piruetas que parecen tan fáciles en los cuerpos de los bailarines. Una lectura reflexiva y precisa, desprovista de ornamentos lingüísticos o imposturas, que precisamente por su limpieza atraviesa todas nuestras cínicas barreras –quien las tenga- y nos llega pura y directamente al centro de las emociones más básicas. Las importantes, las olvidadas. Después de leer este libro, también adorarán los descampados: El aire no está mediatizado. / El sujeto es el sujeto. / O mejor: yo puedo ser yo. / El estado previo, el universo latente. / Lo más elemental. La más salvaje.\r\n\r\n \r\n\r\n


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